Agricultura circular: residuos que vuelven al sistema productivo y fortalecen la rentabilidad del agro

18-02-2026

Nada se pierde en el campo cuando se gestiona con inteligencia. Transformar residuos en recursos está redefiniendo la forma de producir alimentos, abriendo paso a un agro más resiliente, eficiente y responsable con su entorno.


Lo que antes se desechaba, hoy puede convertirse en fertilidad, energía o ahorro. La agricultura circular se consolida como una de las tendencias más relevantes del agro moderno, integrando compostaje, valorización de subproductos y bioinsumos para reducir pérdidas y cerrar ciclos productivos. Más que una práctica ambiental, se está convirtiendo en una estrategia técnica y económica para producir con mayor eficiencia y menor huella.


Cada temporada, predios frutícolas, ganaderos y agroindustriales generan restos de poda, guanos, purines, descartes de cosecha y residuos de packaging. Tradicionalmente, gran parte terminaba en vertederos o implicaba altos costos de gestión y eliminación. Hoy, esos materiales están siendo reincorporados al sistema como recursos clave para mejorar suelos, disminuir la dependencia de fertilizantes químicos y optimizar costos operativos.


En viñedos chilenos, la práctica de reutilizar residuos orgánicos ya se traduce en beneficios concretos para el suelo. Por ejemplo, Viña Cousiño Macul implementó un sistema de compostaje que transforma los subproductos de la producción —como orujos y restos vegetales— en compost natural, generando aproximadamente 500 toneladas de abono anualmente que luego se aplica como fertilizante en sus hileras de vid y mejora la calidad del suelo al aumentar la materia orgánica y la disponibilidad de nutrientes.


Además, iniciativas como el proyecto de vermicompostaje de Viña Emiliana han sido destacadas internacionalmente por su enfoque circular, donde residuos vitivinícolas se combinan con materiales orgánicos para producir compost rico en microorganismos beneficiosos que fortalecen la resiliencia de los suelos frente al cambio climático.


En sistemas lecheros y pecuarios, transformar residuos en recursos ya no es una proyección teórica, sino una práctica real que genera beneficios ambientales y productivos. Un caso en Chile es Agrícola AASA, empresa porcina con operaciones en Mallarauco, región Metropolitana, que ha incorporado biodigestores para aprovechar los purines. Este sistema permite convertir residuos animales en biogás, que se utiliza para generar energía térmica y eléctrica en los procesos internos, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles y las emisiones de metano. El digestato resultante, rico en nutrientes, se utiliza como fertilizante orgánico en predios agrícolas cercanos, mejorando la salud del suelo y cerrando ciclos productivos dentro del propio establecimiento. Esta práctica reduce olores y costos energéticos, al mismo tiempo que convierte un desafío de manejo de residuos en una oportunidad para regenerar recursos.


La agroindustria hortícola también avanza en esta línea: descartes de procesamiento —como hojas, tallos o frutos fuera de calibre— se valorizan como compost de alta calidad o insumos para biofertilizantes, devolviendo nutrientes al campo y reduciendo la presión sobre los suelos. En la zona central, la Cooperativa Weltun Mapu, con operaciones en Limache y Quillota, ha desarrollado plantas de compostaje microbiológico controlado que transforman residuos de hortalizas (tomates, pepinos y pimentones, entre otros) en abonos orgánicos aplicados nuevamente en los cultivos. El sistema evita que gran número de desechos terminen en vertederos o se quemen y, al mismo tiempo, mejora la estructura, fertilidad y actividad biológica del suelo.


Según la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la valorización de residuos orgánicos puede reducir significativamente las emisiones asociadas a la descomposición no controlada y, al mismo tiempo, mejorar la salud del suelo. Un mayor contenido de carbono orgánico incrementa la actividad biológica, favorece la infiltración del agua y mejora la eficiencia en el uso de nutrientes.


En términos económicos, los impactos son igual de claros: menor gasto en insumos externos, menos transporte de desechos y mayor autonomía productiva. Para muchos productores, la agricultura circular ya no es solo una decisión ambiental, sino una herramienta de competitividad.


La presión de los mercados, certificaciones y consumidores está impulsando modelos más trazables y responsables. Integrar prácticas circulares permite demostrar reducción de huella ambiental, optimización de recursos y coherencia con estándares ESG, cada vez más exigidos en cadenas de exportación.


El cambio de mirada es profundo: lo que antes salía del predio como desecho ahora regresa como energía, fertilidad o materia prima, cerrando el ciclo productivo. La agricultura circular no es una promesa futura. Ya está ocurriendo en los campos, transformando la forma en que el agro entiende la eficiencia y la sostenibilidad.




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